Somos muy pesados con los audios de WhatsApp así que pongamos unos límites

En agosto de 2013, WhatsApp se actualizó e incorporó la posibilidad de mandar mensajes de audio grabados desde la propia aplicación. Con ello dio alas a algunos de sus usuarios, que desde entonces no han vuelto a escribir un jodido mensaje, pero condenó a otros: aquellos que pensaban -de manera bastante lógica, por otra parte- que para escuchar mierdas de interlocutores que no estaban de cuerpo presente ya estaban las llamadas. Y que bastante de los nervios les ponían ya.

El caso es que desde que se incorporara a la aplicación, la funcionalidad de los audios no solo ha acumulado tantos defensores como detractores, sino que también ha dado lugar a innumerables movidas —y usaremos el genérico “movida” porque entre ellas hay desde técnicas de grabación por parte del emisor a pegas y excusas por parte del receptor para no escucharlas— que ha llegado la hora de reglar. “Libertad de” no es igual que “libertad para”, bros. Y las normas son necesarias para la convivencia digan lo que digan el Escohotado y los hippies, si es que no son una y la misma cosa. Ha llegado el momento de establecerlas y aplicarlas al envío descontrolado de audios por WhatsApp.

RESPETA AL QUE NO LAS QUIERE EN SU VIDA

En primer lugar es necesario admitir primero y respetar después que HAY GENTE QUE NO TOLERA LOS AUDIOS. Ni largos ni cortos, ni de su madre ni del pavo que le gusta. Hay peña a la que no le agrada acercarse el móvil a la oreja para escuchar en diferido en forma de simulación lo que otro ha convenido en recitar en alto, grabar y mandar para él. Y no pasa nada. No se les responde “joder”, ni “si es mazo corto, tía” ni “yastá el pesao con que no oye notas [emoji emoji emoji]”. Se les tiene en consideración, no se les cuestiona, porque suelen tener sus razones y suelen ser razones bastante lógicas.

Una buena amiga nunca ha enviado una nota de voz y no escucha las que le mandan porque cree que “indican falta de pudor en quien las envía y en quien las recibe y escucha”. Son para ella una intromisión. Una injerencia cotidiana que le da tedio, que no le apetece. Es de esa clase de persona que responde que “tiene roto el altavoz” o que “está reunida y no puede escuchar” cuando le mandan una y comprueba con sorpresa cómo los dos minutos cuarenta de audio de su interlocutor se resumen en tres frases.


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Y a ver, razón no le falta. Las notas de voz son menos intrusivas que las llamadas telefónicas, pero intrusivas al fin y al cabo. Implican la asunción por parte del emisor de que el receptor quiere y puede dedicarle unos minutos a lo que tiene que decirle. Unos minutos plagados, con demasiada frecuencia, de titubeos, muletillas, “espera, que pasa el bus y no me vas a oír”, interrupciones porque “ay madre es que no te lo vas a creer pero se me acaba de cagar el perro en la alfombra” y silencios. Así que si decides mandar una evita, en primer lugar, todo lo anterior. Hazte un jodido esquema si es necesario. Sé claro y conciso en tu mensaje. Empatiza, joder.

Sus defensores a ultranza dirán que no son ni mejores ni peores, ni más ni menos intrusivas que los mensajes escritos, pero es innegable que una nota de voz genera en quien la recibe un efecto diferente a un mensaje escrito, que va desde la intriga a la pereza, según sean el emisor y el receptor. El hecho de no salir en la pantallita, o de salir pero no ir acompañados de abstract o de titular alguno provoca que, si quieres saber de qué se trata tengas que escuchar, al menos, los primeros segundos. Y a veces uno no puede, o no tiene cascos o no le da la gana, así que una posible solución para ello sería mandar las notas de voz siempre acompañadas de sucintos resúmenes escritos o apuntes tranquilizadores como “no es urgente”, “es sobre lo que hablamos el otro día” o “aún no te voy a dejar y no sería tan capullo de hacerlo por audio”.

NO COMAS, NO BEBAS, NO FUMES, NO MEES, NO TIRES DE LA JODIDA CADENA

Según qué prácticas al grabar y enviar notas de voz denotan egoísmo y revelan una tendencia narcisista del emisor a pensar que su tiempo vale más que el del receptor, a saber: abusar de las pausas y silencios, no tener claro el mensaje que se quiere comunicar y titubear constantemente o comer, beber y fumar y, por consiguiente, interrumpir la locución. Es de cajón, nadie quiere escuchar un puto ASMR de como mascas, como tragas líquido, como meas o como cagas, colega. Así que por deferencia y respeto a tu interlocutor, no lo hagas. Tampoco hagas pausas para darle caladas a un piti, joder, ¿no te puedes esperar?

LA DURACIÓN: DEL PODCAST AL HAIKU

La duración es una de las variables más importantes que entran en juego cuando hablamos de los audios. En este punto hay varias escuelas: por un lado están los que llaman podcast a cualquier audio que supere los dos minutos de duración y consideran que cualquiera que se extienda mínimamente en el tiempo es un monólogo, una turra sin posibilidad de réplica. Son los que cuando ven que su interlocutor está “grabando audio…” durante más de tres segundos empiezan a sentir una pereza extrema sin saber siquiera cuál es su contenido.

Por otra parte estamos los que no aceptamos como legítimas las notas de voz de menos de cinco minutos, duración aproximada de una explicación mínimamente compleja. Los que consideramos que es legítimo mantener conversaciones, debates y confesiones en formato sonoro y sin que intervenga la simultaneidad pero sin embargo decimos no a los audios haiku, esos que se graban por evidente pereza, de no más de 20 segundos de duración y cuyos contenidos van del “ya llego” al “ay, se me ha olvidao pillar hielos, tío, compra tú cuando vengas para acá” pasando por los “vale, vale” o los “ya estoy aquí, donde el banco, a la salida del Metro”. Tardo más en abrir la mochila, sacar los cascos, desliarlos, conectarlos al móvil, ponérmelos y darle al puto play que tú en escribir una frase. Ten un poco de consideración.

Pero hay una tercera vía: los que no tragan ni con los podcast ni con los haikus. Los que no tragan ni con que uses el WhatsApp como si fueran un walkie talkie —en serio, ¿no os dan ganas de arrancaros la cara cuando recibís 5 notas de voz que van de los 3 a los 10 segundos de duración?— ni como si fueras Ernesto Castro en una de sus clases. Haz con ellos lo mismo que con los que se identifican con alguno de los dos casos anteriores: respeta su legítimo derecho. Si a alguien no le gustan los audios largos, no le mandes audios largos. Si a alguien no le gustan los audios ridículamente cortos, no le mandes audios ridículamente cortos. No les pongas la cabeza como un bombo. No les pongas la oreja a la plancha.

COHERENCIA, COHESIÓN Y ADECUACIÓN

Piensa que en el fondo estás enviando una versión audible de un texto. Un texto tal como lo estudiamos en la ESO, no como una simple secuencia de palabras dispuestas una tras otra sino como una unidad de sentido con coherencia, cohesión y adecuación. Que lo es, pues la mandas. Que no, pues no lo mandas. Así de sencillo.

¿Es adecuado que mandes una ristra de 10 notas de voz de 4 segundos? No. ¿Es coherente que le estés contando a tu colega que el pavo con el que te estás liando es imbécil y de pronto saltes con que tu perro se está jiñando dentro de casa o con que te acabas de acodar de que tienes que sacar una lavadora y dentro hay una camiseta del tonto ese? No. ¿Tiene sentido le narres con pelos, señales y muchos “ehms”, “ays” y “pueeeees” tu fin de semana a alguien a quien vas a ver el lunes? Tampoco. Pues a la papelera esa que te sale en rojo abajo del WhatsApp.

BONUS TRACK: PORFA, NO ESCUCHES TUS PROPIOS AUDIOS SI HAY GENTE ALREDEDOR, QUE DA COSA

Ver a gente andando por la calle y contándole mierdas al móvil como si fuera un agente de la KGB no es precisamente la imagen que más confianza en el futuro de la humanidad insufle. Pero ver que alguien graba un audio en el bus y acto seguido se pone a escuchar su retahíla con una media sonrisa en la cara es aún peor.

Da mucha vergüenza ajena, hace que quien lo presencia sufra y se plantee, irremediablemente, cuestiones que ya se planteaban nuestros ancestros, como qué somos, a dónde vamos o cuál es el sentido de la vida. Solo que ahora las respuestas son bastante menos alentadoras. Así que porfa, si sois de esa clase de personas que escuchan sus propias notas de voz, que ya tiene tela, al menos no lo hagáis en público. Para que el que está a vuestro alrededor no sienta, no perciba o no se de cuenta del todo de que nos merecemos todo lo malo que, como humanidad, nos pase.

Sigue a Ana Iris en @anairissimon.

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