Hablemos de esa peña que termina los mails con “¡Seguimos!”

Si trabajas en algún curro de mierda del sector terciario y tu principal herramienta de trabajo es un ordenador y una conexión a internet, seguramente te habrás encontrado más de una vez con la expresión “¡seguimos!”. Si no tienes ni puta idea de lo que te estoy hablando, voy a intentar resumírtelo de la forma más clara posible:

Estás en la oficina delante del ordenador gestionando algo por mail, no sé, una devolución de unas turbinas defectuosas o aportando ideas para lanzar una campaña de una marca que quiere acercarse a un target con alto poder adquisitivo; el tema es que alguien te contesta el mail criticando tus genialidades y aportando sus ideas de mierda o diciéndote que la devolución de turbinas va a ser que no, y va y la última palabra que escribe para cerrar el cuerpo del mensaje y despedirse es “¡Seguimos!”.

¿”Seguimos” de qué? O sea, ¿qué pretendes? No sé a ti pero a mí normalmente este saludo lanzado inocentemente y como por inercia, por costumbre, me genera un odio visceral porque esconde entre los curvados trazos negros de sus letras la mayor muestra de cretinismo generada por el ser humano.


MIRA:


Porque este maldito “¡seguimos!” no es una despedida, es una invitación al diálogo, a seguir conversando. Es alguien que te obliga a entrar en una conversación en la que quizás no te apetece estar, es una invasión de tu tiempo. Pero lo peor de todo es que al final se trata de un invite a seguir trabajando, a permanecer desarrollando tus tareas hasta el final de la jornada laboral, incluso más allá. El “¡Seguimos!” es la eternidad del trabajo, es un grillete que te esclaviza, te somete y que pretende exprimirte toda tu energía.

Es el símbolo más puro de la alienación del trabajo, porque ese “seguimos” ya está implícito en un trabajo, pues estamos todo el puto día “siguiendo”, de hecho no podemos escapar de ello; incluso cuando bajamos a fumar a la calle, tenemos el cerebro frito y no podemos parar de pensar en las putas turbinas y esa pausa no es realmente una pausa si no un aplazamiento inútil de la tortura laboral.

Porque hay que “seguir”, este golpe contundente encima de una mesa con la palma de una mano te obliga a concentrarte únicamente en tu trabajo remunerado. Una tarea que, realmente, sabes que no sirve de nada porque a nadie le importaría que dejara de existir. Tenemos ante nosotros el eufemismo perfecto para decirle a alguien que “no puto pare de trabajar”. Vale, se supone en el trabajo tenemos que trabajar pero joder, no hace falta evidenciarlo, no hace falta que se utilice este verbo —“seguir”— para controlar al obrero como con una cámara de videovigilancia apuntada a su sien; todos tenemos derecho a parar un rato y pensar un momento en la viñeta final del David Boring de Daniel Clowes o levantarnos para ir al baño, sentarnos en la taza y llorar un poco por el tema ese de las deudas que tenemos.

No sé cuándo apareció exactamente el “¡Seguimos!” originario —podría haber nacido en el siglo XIX en misivas enviadas entre fábricas textiles— ni quién fue la primera persona en escribirlo y meterlo como cuña final en una conversación escrita —esta información quedará siempre tapada por las oscuras sábanas de la historia—, pero lo que está claro es que aquí y ahora está golpeando fuerte, abriéndose camino en nuestras mentes y lugares comunes con una popularidad pasmosa.

Creo sinceramente que, en el fondo, las personas que esgrimen esta expresión no lo hacen con maldad. Creo que más bien intentan generar simpatía y dinamismo en la oficina con un lenguaje coloquial y cercano, como de “colega”. Es un intento de disipar el tedio del lenguaje especializado de un sector productivo que solo genera aburrimiento, tedio y tristeza.

Pero es en su intento inofensivo de proseguir con el trabajo, en su inocencia, donde se encuentra el origen del odio que genera la expresión. Esa camaradería que en el fondo es una puñalada en la espalda. Porque ese “seguimos” realmente te está apuntando a ti, realmente es un sencillo y agresivo “sigue”, es decir, “sigue tú”. Una orden de cariz esclavista.

Porque, al final, ¿acaso esta gente se cree que si no ordenan sutilmente ese “seguimos” nos quedaremos parados? ¿Creen que ellos son el motor que hace girar todos los engranajes que conforman la producción de una empresa, y al final, de la humanidad y de sus sociedades? ¿Creen que ellos, con ese puto “seguimos”, son el Dios que genera el movimiento de la existencia? ¿Son ellos los que mueven los putos planetas? ¿Los que generan el baile mágico de la armonía? ¿Son ellos los hijos del cosmos? Suerte que ordenan vía mail que la vida “siga”, porque si no estaríamos todos bien jodidos, parados ad æternum, en una constante inmovilidad, con el tiempo detenido.

Dicen “Seguimos” y entonces todo vuelve a girar: el sol alimenta la tierra, las plantas crecen de nuevo y los hombres y las mujeres construyen ciudades y se matan en guerras. Claro que no, cretinos, ese “seguimos” no sirve de una mierda. Solo es una herramienta pretenciosa que vomita muy patosamente una megalomanía desbordante, solamente sirve para insuflar ego a un jefe de planta que debe tener la nevera de casa llena de comida precocinada porque no tienen ni puta idea de calentar una sartén. En fin. ¡Seguimos!

No Comments Yet

Comments are closed